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lunes, 4 de enero de 2010

CUANDO UN AMIGO SE MUERE

Luisito Marti Por: JUAN T H Lo conocí en el aeropuerto Las Américas, hoy José Francisco Peña Gómez. Yo apenas era un estudiante de comunicación. No tenía como regresar a Santo Domingo. No recuerdo como ocurrió, pero lo que sí recuerdo fue su gesto amable y solidario de traerme de regreso. Yo no sabía quién era. No lo relacioné con la música, ni con el arte.Años después, tras su salida del Combo Show de Johnny Ventura y la creación del Sonido Original, le hice una entrevista que sirvió para iniciar una amistad que terminó en hermandad. Su casa se convirtió en mi casa y mi casa en la suya.Mis amigos fueron los suyos y los suyos míos. Lo vi crecer y desarrollarse como músico, cantante, humorista, libretista, actor, productor de televisión y hasta de cine. Todo cuanto aprendió, que fue mucho, lo aprendió de la vida. De mecanógrafo en una institución del Estado saltó a la música, de la música al canto –Se murió Martín, yo no lo sabía-, del canto al humor… y así hasta convertirse en una estrella con luz propia. Autodidacta en todo. Su universidad fue la vida, la vida su universidad. La calle lo formó. El barrio fue su morada. Y se hizo hombre, grande, noble y bueno. La humildad lo caracterizó. No se creyó nunca mejor ni más grande que nadie. No iba por la vida agrediendo ni humillando a nadie. Había que conocer a Luisito Martí para darse cuenta de su calidad humana, de su grandeza, de su riqueza espiritual. Un buen día lo llamé por teléfono para criticarle el hecho de una ausencia que me parecía prolongada. Cuando respondió le pregunté dónde estaba que hacía cerca de un mes que no sabía de él. –Estoy en Nueva York, Juan- Y se produjo un silencio de muerte. -Tengo cáncer en el estómago- dijo con voz profunda. No pude continuar hablando. El llanto lo impidió. La última vez que lo vi con vida fue en su apartamento nuevo. Se sentía animado. –Te compré un taco de jugar billar, pero ahora no lo encuentro, te lo doy después- no lo vi más, hasta el lunes, en un ataúd. Estaba negado a verlo muriéndose, consumiéndose lentamente. Pensé que Milagritos, su abnegada y amada compañera de toda la vida, no me lo perdonaría. Ni sus hijos Luisín, Kaki, Omar y Robert Luís. Estaba obligado a ver el cadáver de ese amigo entrañable que la muerte me arrancó de un tajo. Y allí estaba, irremediable, irreversiblemente muerto. Elegantemente vestido. Con saco y corbata. Serio. Sereno. Con los ojos cerrados. Con los dedos entrecruzados, lejano y triste. Se llevó el guion de su próxima película, la producción de su nuevo programa de televisión, los libretos de sus nuevas comedias. Se llevó su sonrisa. Se llevó sus personajes. Balbuena ya no se irá en yola a Nueva York. Se ahogó en su garganta. Atrás quedan los recuerdos. Las noches de bohemia en su casa. Cuso Cuevas tocando la guitarra o el bajo mientras él cantaba su canción favorita: Novia Mía del cubano José Antonio Méndez, mientras Milagritos enamorada lo seguía con la ternura en los ojos. “Cuando un amigo se va una estrella se ha perdido”, pero cuando un amigo muere también muere una estrella. Con la muerte de Luisito, yo también muero. Aunque sea un poco. Una parte de mi vida muere con él.

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