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miércoles, 30 de diciembre de 2009

MIEDO Y ESPANTO

Por: JUAN T H Nadie está seguro en ningún lugar. El narcotráfico, el crimen, el delito, el robo y la corrupción, constituyen el pan nuestro de cada día. De las páginas de los periódicos brota la sangre. La Policía y las Fuerzas Armadas están demasiado comprometidas con los crímenes y delitos. El Ministerio Público está atado por los resortes del poder. Las investigaciones no tocan fondo. Se detienen cuando llegan a un punto determinado del poder. Funcionarios civiles y militares forman parte del engranaje del vicio, la corrupción y el crimen. Nunca tantos funcionarios habían perdido su visado estadounidense por vínculos con el narcotráfico. Y el presidente de la República lo sabe. Y lo saben los periodistas. Lo sabe el país, lo sabemos todos. La descomposición gubernamental ha sobrepasado los límites. Los ciudadanos no saben en quién confiar, ni en quién creer. Ninguna autoridad inspira respeto ni confianza. En casi todos los crímenes y delitos, en casi todos los actos de corrupción, en todos los casos de narcotráficos aparecen Policías, militares y funcionarios del gobierno. La corrupción parece no detenerse en la puerta de ningún despacho oficial. Tal parece que nuestro país se ha convertido en territorio libre del narcotráfico y el crimen. En los 48 mil kilómetros cuadrados que forman este país parece no haber autoridad. La Cuba de Batista de finales de los años 50 resulta un juego de niños comparado con lo que está ocurriendo en nuestro país. Con una agravante. Aquí no tenemos una Sierra Maestra ni un Fidel Castro encabezando una revolución. Aquí no tenemos ni siquiera oposición. La oposición la compró el gobierno. Por eso la complicidad es casi total. Absoluta. Si Cuba era un casino gobernado por corruptos en los años 50, la República Dominicana es un punto de drogas. La corrupción de hoy en nuestro país no tiene paralelismo en la historia. En este país nunca antes, nunca, hubo tanto desconcierto, tanta podredumbre moral, tanto vacío existencial. Lo penoso, lo doloroso, es que se vislumbra una salida temprana. El pueblo se mantiene en silencio, estático, como si no fuera su problema, como si no lo perjudicara. El pueblo está durmiendo con la muerte sin saber que es su propia muerte. El pueblo no está consciente de su realidad, no sabe que le han matado la esperanza, que le han robado sus sueños; no sabe que lo están dejando sin futuro. Este gobierno sin moral ni principios, este gobierno que no respeta ni siquiera sus propias leyes, este gobierno malsano, cruel y corrupto, cómplice del narcotráfico y el crimen, está conduciendo el país al abismo. Pero la culpa no es sólo del gobierno, es de todos los que han guardado silencio, de los que no han hecho nada para cambiar éste estado de cosas que hunde la nación. Sin dudas, el miedo y el espanto nos han vencido a todos los que aún tenemos dos dedos de frente, a los que todavía nos duele esta tierra de tormentos que vio nacer a Juan Pablo Duarte, a Manolo Tavarez Justo, a Gregorio Luperón, a Francisco Alberto Caamaño y muchos otros que dieron sus vidas para que el pueblo dominicano pudiera vivir en un clima de libertad, justicia y prosperidad.

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